Hay gente que oye sonidos que no existen, por la mañana, por la tarde y, sobre todo, de noche. Por la mañana, por la tarde y, sobre todo, de noche. Son personas perfectamente cuerdas que dicen que escuchan algo parecido a un pitido, similar al ruido que produce el televisor cuando termina la emisión. Otros sienten constantes zumbidos que les recorren la cabeza. Este mal, que los especialistas definen como un síntoma y "no como una enfermedad", se denomina acúfeno o tinnitus (tintineo en latín) y es una percepción auditiva que no es producida directamente por un sonido externo, es decir, es un ruido subjetivo. Los expertos calculan que una de cada cuatro personas sufre alguna vez en su vida los efectos de un acúfeno. Para muchas de ellas son imperceptibles, dado su bajo nivel de audición. La mayoría, de hecho, lo superarán o se acostumbrarán a convivir con él. Pero para un 10% de los pacientes, ese ruido constante se convierte en un auténtico problema. No siempre severo, pero, en todo caso, muy molesto y con multitud de efectos secundarios.
El tratamiento de este mal es directamente proporcional a la causa. "Si descubrimos que el síntoma procede del oído medio la solución es fácil, bien a través de un tratamiento, bien por medio de cirugía. Lo malo es cuando el problema procede del oído interno", indica Carlos Suárez Nieto, jefe del Servicio de Otorrinolaringología del Hospital Central de Asturias.
Tratamientos
Las terapias, en los casos más severos, se basan en enseñar a los afectados a vivir con el ruido. Existe un método, llamado TRT, que consiste en habituar al cerebro a escuchar el pitido que acaba por enmascarar el sonido castigador. Suárez Nieto lo denomina "entrenamiento auditivo" y asegura que su fin es "la desdramatización de los hechos, a través de información".
Otro tratamiento, "actualmente en fase de experimentación", advierte el otorrino asturiano, pretende la aplicación de una sustancia en el oído interno destinada a "neutralizar el zumbido". La duración de la terapia, sea cual sea, depende de cada afectado y puede prolongarse desde unos meses a varios años.
Antes del tratamiento, el paciente siente desde tensión emocional hasta trastornos del sueño, problemas de concentración y agotamiento, pasando por dolor, dificultades para comunicarse y depresión. "Hay a quienes les resulta insoportable. Sobre todo por la noche", comenta el experto.
La dolencia se desata en algunas ocasiones, que son las menos, por "causas objetivas", como la existencia de problemas musculares o de falta de riego sanguíneo en la zona del oído. La mayoría de las veces, sin embargo, las pruebas médicas no sirven para localizar el origen del problema porque lo que cada paciente oye forma parte de su mundo subjetivo. Es un pitido implacable, que se desata por culpa de ruidos excesivamente fuertes, siniestros laborales, accidentes de circulación y golpes en las vértebras cervicales.Los especialistas recalcan la importancia de evitar los ambientes de mayor alboroto. Trabajar con un ruido intenso y continuado puede desencadenar el proceso.
Juventud
Los jóvenes también padecen los llamados acúfenos de fin de semana. El uso de auriculares o un tiempo demasiado prolongado en el interior de una discoteca con música a tope disparan el pitido, que, en casos así, suele desaparecer enseguida.
Contra lo que pueda pensarse, no es, sin embargo, la juventud la población más castigada por el tinnitus. La mayor parte de los pacientes tienen entre 50 y 70 años. Generalmente, aparece en personas con problemas de oído, pero tener ruidos en un momento dado no significa nada. La aparición de un acúfeno ni siquiera es un indicativo de una posible sordera o de futuros problemas de audición, "aunque, a veces, puede estar asociada", según Carlos Suárez.
La proliferación de aparatos que permiten
escuchar música a más de 100 decibelios y el ruido ambiental provocan problemas
auditivos en los jóvenes
J. R. ALONSO DE LA TORRE/
Fuente: Diario digital "Hoy Digital" de España, domingo 3 de diciembre de 2006
Camina ajeno a todo. En su mundo. Feliz. Una capucha cubre su cabeza. Se
bambolea al andar, con gracia, algo desmadejado, pero con ritmo. De su cuello
cuelga un aparato diminuto de colores alegres. Dos cables blancos parten del
artilugio y desaparecen en sus orejas. El muchacho parece concentrado en sus
pensamientos, pero si penetráramos en su cabeza no encontraríamos pensamientos,
es imposible, sólo hay ruido.
Aceras de La Frontera. Autobuses escolares de La Frontera. Parques de La
Frontera... Miles de jóvenes salen cada día de casa y, nada más pisar la calle,
se aíslan del mundo real y entran en el universo MP3. Su diminuto reproductor de
música rebosa emociones: lo último de Ojos de Brujo, lo más reciente de Sean
Paul, las sorpresas de Coldplay...
Para impedir que ningún ruido ambiental interfiera el éxtasis, en el universo
MP3 se idolatra al dios decibelio. Hasta 120 se pueden alcanzar, consiguiendo
así un ambiente discoteca la mar de flipante. El problema es que del flipe a la
sordera hay un paso.
Más de 100 decibelios
Una conversación normal se desarrolla a 60 decibelios. A partir de 85 decibelios
se entra en zona de riesgo auditivo. Escuchar música a más de 100 decibelios
durante 15 minutos ya causa, según un estudio de Clinic, problemas auditivos a
entre un 20 y un 30% de jóvenes. Al cesar el ruido, la capacidad auditiva se
recupera, pero si la costumbre persiste, todo se complica.
A partir de los 65 años, el 20% de las personas sufre pérdida auditiva y más
allá de los 75, esta pérdida llega al 80% de la población. Lo que llama la
atención es que estos problemas empiecen a aquejar a gente muy joven que no
tiene antecedentes familiares, pero que sí trabaja en entornos ruidosos como las
discotecas o que son adictos al MP3 a toda pastilla. El aparatito en sí no es
malo. Tampoco lo son los auriculares. Lo nocivo es poner el volumen a todo trapo
durante mucho tiempo. Entonces aparecen los pitidos en el oído y los problemas
de audición. Como el MP3 es muy pequeño y manejable, se usa más que los
reproductores de casetes y cd's, lo que ha agravado la situación.
A ese zumbido que se escucha en el oído tras estar expuesto a un ruido infernal
durante un periodo de tiempo se le llama acúfeno o tinnitus. Antiguamente se
consideraba una enfermedad de los empleados de telares textiles y otros trabajos
con muchos decibelios. Hoy, entre el ruido ambiental y los aparatos musicales
individuales, puede convertirse en una epidemia.
A los acúfenos se les empieza a conocer como la enfermedad del discjockey o la
sordera del Ipod. Músicos famosos como Eric Clapton o Phil Collins han confesado
que la padecen. A veces ataca al salir de un concierto en un recinto cerrado. Si
es temporal, no hay problema. Si se convierte en crónica, la vida del afectado
puede quedar marcada: una conversación telefónica, un pub lleno o una furgoneta
con megafonía pueden ser en un suplicio.
En Estados Unidos, siempre predispuestos a las demandas millonarias, los
fabricantes de MP3 han limitado el volumen de sus aparatos tras producirse
algunas reclamaciones judiciales por no avisar de que podían ser perjudiciales
para la salud.
En La Frontera, sólo las madres parecen ser conscientes del daño que puede
provocar la música a todo volumen y a todas horas en los oídos de los hijos.
Están hartas de gritarles: «¿Pablo, Pablo, Pablo!»... Y Pablo no atiende porque
está en su universo MP3. Hay que quitarle el auricular de la oreja para que
regrese al mundo real.
Aunque lo malo es cuando se refugia en el paraíso íntimo y secreto del cuarto de
baño con su reproductor estallando en decibelios y lo llaman por teléfono.
Entonces no valen los gritos de Pablo ni el aporrear la puerta. Hay que esperar
a que salga para predecirle el futuro: «Pablo, hijo, te vas a quedar sordo con
tanta música».

Por Hilda Cabrera
Pensando qué hacer
en tiempos difíciles, y cuando se tiene voluntad de trabajar juntos, surgió El
afinador, un unipersonal “sencillito, sin pretensiones”, donde el humor,
incluso el más desmesurado y absurdo, se torna creíble en el contexto ideado
por el actor y director Horacio Roca y el actor, músico y compositor Martín
Pavlovsky. Ellos son los autores de un texto que apunta a regocijar al público.
El espectáculo es breve pero sustancioso, no sólo por lo que se dice, sino
porque además incorpora buena música, interpretada por Pavlovsky, a la vez
único actor. Esta vez, Roca (quien actuará en un próximo estreno en el
Cervantes: Stéfano, de Armando Discépolo) se ha circunscripto a la dirección.
¿Cómo imaginar a un afinador de piano portando entre sus herramientas un aro de
metal, que en algún momento ceñirá su cuello, y elementos raros a su oficio,
como un colador o guantes protectores? Sucede que este afinador es consciente
de los peligros que acechan dentro de la caja del piano, el Pianus arácnidus,
por ejemplo. En diálogo con Página/12, los artistas se refieren a la búsqueda
del humor dentro de la intriga. “El humor no está como agregado. Debe surgir
solo, de cada situación”, apunta Roca, atento a la condición de músico y actor
de Martín y al descubrimiento de un lugar, en su opinión ideal para este tipo
de espectáculo: “El barcito Kafka, que tiene un pianito y capacidad para 20 o
25 personas”. El valor de la entrada es de cuatro pesos, y la obra, de poco más
de una hora, podrá verse sólo los viernes a las 21.30, en Paraguay 1846.
Este es el primer unipersonal de Pavlovsky, quien actuó en numerosas piezas de
teatro y en recitales, complementados con imágenes audiovisuales. Aquí está
solo, pero bajo la aguda mirada de Roca, cuya marcación es “detallista,
precisa”, según el actor. Toca algunos temas de Astor Piazzolla (“La muerte del
ángel”), del Cuchi Leguizamón (“La Pomeña”), otro de Gismonti, fragmentos de la
sonata N 9 en la menor de Mozart y del concierto N 2 de Rachmaninoff; e
introduce dos temas propios, uno de ellos nunca tocado en público: “Mal Mambo”.
Visto desde fuera, una tarea agotadora, para la que Martín dice estar más
entrenado en la música que en la actuación. Ahora mismo está componiendo la
música para un próximo estreno de su padre, Eduardo Pavlovsky (una versión de
Coriolano, que dirige Norman Briski), e integra el elenco de un espectáculo a
estrenarse en el Presidente Alvear. En cuanto a la elaboración del texto,
existe entre el músico y el director afinidad respecto de un determinado tipo
de humor. “De algún modo, un antecedente nuestro fueron los sketches que
escribimos juntos para un programa de televisión de Juana Molina”, aporta Roca.
–¿Conocen a un afinador con algunas de las características que aparecen en el
espectáculo?
Roca: Este nació para facilitar el juego entre la palabra y la música. El
hombre llega a un bar para solucionar un problema de último momento.
Supuestamente, alguien debe comenzar su show, el público ya está esperando,
pero el piano no está en condiciones óptimas. Mientras hace el diagnóstico e
intenta arreglarlo, habla de cosas personales, que jamás pensó compartir con
desconocidos. No es una reflexión sobre la música sino el armado de una
situación verosímil en la que no quedaran cabos sueltos. En la que todo lo que
se dice y hace, y los elementos que se usan, estén justificados. Además, ya se
me están ocurriendo más “unidades”.
Pavlovsky: Eso me produce terror, aunque seguramente después esté de acuerdo,
porque nos une un tipo de humor negro bastante parecido. Conozco afinadores que
me impresionan por su sabiduría. Toco el piano, pero jamás iría a comprar uno
sin el consejo de un afinador. Es impresionante la cantidad de mundos que caben
en ese oficio.
Roca: Como en el teatro, el saber de algunos maquinistas y técnicos es muy
amplio. Han visto tantas obras y a tantos intérpretes que ya no haycasi
misterios para ellos. El actor y el músico comparten en general muy poco de
esos saberes.
–¿Por eso el humor por momentos absurdo de “El afinador”?
Roca: Jugamos con el desconocimiento que cada uno tiene respecto de lo que hay
dentro de la caja de un piano. Decir que ahí puede anidar el pianus arácnidus,
cuya picadura produce una enfermedad que se llama locura acúfena, es un
ejemplo.
Pavlovsky: Que padecí. No la locura pero sí un problema acúfeno, un sonido que,
como dice el afinador en el espectáculo, uno escucha todo el tiempo adentro de
la cabeza y no se puede concentrar en nada. Los otros no lo escuchan. Lo
escucha uno. El humor de la obra es un poco el de los argentinos que tienen que
resolver de una manera artesanal problemas que debieran ser solucionados con
tecnología.
Roca: El punto de partida es el humor, y el deseo de que el público lo pase
bien. Para nosotros es un desafío nuevo. Como dijo el filósofo Herbert Spencer,
el conocimiento es como una esfera, que cuanto más se expande más puntos de
contacto tiene con lo que se desconoce. Es bueno mantener la curiosidad.
Pavlovsky: Mi impresión es que en esta época en que los jóvenes y los mayores
con posibilidades dudan entre irse o quedarse en el país, todo lo que hagamos
es una apuesta a una salida. Nosotros apostamos al arte, a lo espiritual como
se dice, y por ahí algo se abre.